EL CRIPTOJUDAÍSMO Y LOS CRIPTOJUDÍOS

Al principio (hace varios siglos) el criptojudaísmo y sus integrantes, los criptojudíos, eran términos que definían la práctica del judaísmo de forma clandestina mientras que públicamente estaban adhesionados a otra religión.

 

Eran tiempos oscuros, donde los judíos tuvieron que callar pues era "conversión o muerte". Tiempos que lentamente volvieron de forma virulenta hace menos de un siglo.

 

Esperemos que hayamos evolucionado de verdad y que hoy en día el culto religioso o espiritual sea tan libre como constructivo para sus practicantes y/o creyentes.

 

En la actualidad los criptojudíos no nos escondemos, no tenemos que ocultarnos de la mística que sentimos en nuestro corazón.

 

Hoy los criptojudíos somos los descendientes de judíos e incluso muchos de nosotros pertenecemos a familias de culto mixto, es decir cuyos padres o abuelos se casaron siendo los integrantes del matrimonio de diferentes religiones.

 

Algunos de los que somos llamados criptojudíos nos hemos enterado a una edad juvenil o incluso adulta. Como en mi caso, como ya explicaré en el artículo que más adelante adjunto, "Judía sin miedo", algunos hemos tenido la oportunidad de elegir qué tipo de espiritualidad queríamos practicar.

 

Como decía, en el artículo que escribí por sugerencia del Dr. Mario Saban, explico cómo fue de mi "conversión" y posterior entrega genuina y meditada a la ideología místico-religiosa del Judaísmo.

 

 

JUDÍA SIN MIEDO

 

Shalom a todos:


Me presentaré con pocas pero hermosas credenciales, me llamo Clara y he tenido el honor de haber sido alumna de varios profesores y “Rav” de Kabaláh. En la actualidad tengo el privilegio de ser alumna de Mario Saban, pero aunque tendría mucho de qué hablar sobre este tema por todo el bien y conocimiento recibidos, hoy necesito comentarles otro asunto que me parece más urgente, o cuanto menos mucho más apremiante.


Ante todo, y lo repetiré a lo largo de este texto, lo orgullosa que me siento de tener raíces judaicas y cuan judía sé que soy. Aunque al principio… mi niñez fue atípica, mi padre era y es artista, - pintor para más señas - ¿y eso justificaba que en mi casa estuviera prohibido hablar de religión? No, no podía ser eso, pues el siempre ha sido responsable, pacifico y pacifista y muy comedido, entonces que pasaba con ese tema…


Tanto mi hermana como yo, íbamos a impecables colegios laicos.


Cuando viajábamos por España o Europa mi padre nos enseñaba los lugares de culto desde un punto de vista meramente artístico. “Mira qué maravilla de retablo gótico, fíjate en la simpleza pero solidez y belleza de esa iglesia románica… y yo, claro, desde muy pequeña aprendí a amar el arte, pero…. (mi vida estaba llena de interrogantes en esa época) yo sentía que en esos “lugares” había algo más. No eran las vírgenes, ni los santos, no eran las imágenes por bien hechas que estuvieran lo que percibía, era la presencia de Algo Superior que abarca toda la realidad. Además notaba en la mirada de mi padre un sentimiento de piedad que disimulaba detrás de sus magistrales clases de arte y arquitectura. Yo quería preguntarle acerca de todo aquello, pero pese a nuestra cercana relación, no sabía por dónde empezar, ni cómo hacerlo.


No fue hasta mis doce años y casi por accidente cuando me enteré, no solo de la fe que calladamente y en soledad profesaba mi padre, sino incluso de sus intensas creencias, así como de sus miedos más profundos.


Era sábado, no recuerdo el mes exacto, pero hacía frío, diciembre casi seguro, había salido con él para ver anticuarios. Íbamos por la calle Baños Viejos de Barcelona y de repente en un escaparate había un enorme y magnífico candelabro de siete luces, primorosamente labrado, hecho de plata y decorado con hermosas gemas talladas e incrustadas a lo largo de los curvados brazos que lo formaban, quedé maravillada ante aquella pieza de orfebrería, le pedí a mi padre que entráramos en la tienda para preguntar el precio del magnífico objeto, “se lo podemos regalar a mamá, en casa quedará precioso”, dije inocente. “¡No!” contestó él de forma tajante, “no entrará una Menorah en nuestra casa” “¿una Menorah?” Pregunté. “Yo hablo del candelabro”, el respondió seco de nuevo, “no es un candelabro cualquiera, se llama Menorah”.


Mi padre era muy generoso y me concedía prácticamente todos los caprichos y más si eran tan artísticos, tan hermosos, entonces ¿Por qué se había puesto tan serio de repente? ¿Por qué ese tono tan severo de pronto? ¿Por qué llamaba a esa hermosa pieza con ese nombre tan ajeno para mí, pero a la que él denominó de forma tan familiar, tan conocida?


Me cogió de la mano, sacándome de aquel escaparate. Vayamos a merendar, vas a coger frío, además tengo que contarte algo, no sé si es el momento adecuado pero ya que las cosas han surgido así, “es que tenía que pasar” me dijo inquieto. Estaba pensativo, andamos callados (raro en nosotros) hasta un bar detrás de la Plaza del Pino y allí después de pedirle al camarero lo que queríamos tomar y que este nos lo trajera me explicó: Mira Clara, todos tus antepasados por parte mía, incluido yo, somos judíos, pero tú tienes prohibido serlo. Era la primera vez que me prohibía algo y más con ese tono. Pero... objeté: yo… no… volvió a cortarme él, pero… insistí de nuevo. Yo entonces tengo mucha sangre judía también, y mucha, contesto él con ternura, “incluso tu físico lo es, prosiguió. Entonces ¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora? ¿Por qué no puedo serlo? Le interrogué yo. “Porque en todas las épocas han existido y existirán personas que quieran derramar nuestra sangre, solo por eso, por ser judíos. Prométeme que tú nunca te convertirás al judaísmo“. Me dijo triste. Pero yo quiero saber más, le dije, y él asintió.


Hablamos durante casi 3 horas de los principios del judaísmo, de algunas de sus costumbres y claro de la Menorah, el hermoso candelabro que había sido la causa de aquella revelación. Yo estaba fascinada, el también, no podía evitarlo y yo tampoco. Ante mi, se había abierto un mundo inmenso, algo que yo sentí como “mi mundo” instantáneamente.


Espontáneamente le exprese que yo necesitaba pertenecer a esas costumbres, a ese Dios del que me hablaba, ahora todo tenía más sentido para mí. No replicó él. “no es tu mundo, no debe serlo”.


Volvió el silencio entre los dos, un aire distante oscureció su cara, siempre sonriente y regordeta (Excepto aquella tarde).


Pasados unos minutos, que en esas circunstancias tan extrañas me parecieron una eternidad hablo nuevamente, cuando lleguemos a casa tengo que enseñarte algo y entonces lo entenderás perfectamente el porqué te pido que este tema del que hemos hablado hoy debe quedar en secreto y porque te digo que no debes ni volver a pronunciarlo.


Llegamos a casa, corría el año 1974, entró en su estudio, yo le seguí obediente e intrigada. Escondido detrás de sus maravillosos libros de arte, sacó uno, estaba envuelto, aunque en extranjero, el título creo que podía traducirse por “Deportación”, recuerdo como si fuese hoy las fotografías que contenían ese libro. Eran sobre los horrores de los campos de concentración nazi, pude a través de cada una de aquellas horribles imágenes observar el terror y la tristeza de mi padre, yo solo podía llorar ¿Qué era todo aquello? ¿Cómo se había llegado a eso? ¿Como lo habían consentido? El interrumpió mi monologo interior, y me dijo “ves lo que te decía, el único pecado que cometieron estas personas fue en su mayoría ser judíos, solo por eso se les hizo todo tipo de torturas, se les asesinó, solo por ser judíos”.


Su voz enérgica era ahora casi un susurro “¿entiendes lo que nos hicieron? ¿Y lo que podrían hacerte?”. “¿Pero eso paso hace años no? (yo nací en 1962) “Pero puede volver a suceder” contestó, había recobrado la energía, que ahora casi parecía odio. Los sonidos que salían de su garganta mostraban tanto miedo como indignación.


Me miró como buscando una respuesta, mi juramento solemne de que no indagaría más, el ambiente se volvió tenso por mi silencio. Entonces él, entono su timbre de voz habitual dulce y cordial y casi suplicante me dijo: “no te hagas judía Clara, prométemelo”.


El que me conocía bien presentía o sabía por mandato directo del corazón que aquella revelación de tan solo unas pocas horas antes, había hecho girar todo mi mundo 180 grados, pues pese a mi corta edad yo ya buscaba sentido a mi vida, más allá de sacar buenas notas, tener amigas o ser una hija obediente.


Callé por respeto y obediencia, baje la mirada, es todo lo que puede responderle. Aquella noche no pude casi dormir, estaba horrorizada por las fotografías del libro, pero tremendamente emocionada por la sensación que yo ya presentía, la de pertenecer a Algo por encima de todo y como yo decía en aquella época, ese Algo que hacia tanta compañía, aunque no se le viera físicamente.


Pasaron los años, fui haciendo averiguaciones y acercándome a mi descubierta y hermosa religión. A los 20 años, y no con mucho pesar por desobedecer a mi padre, empecé a estudiar Kabaláh Hebrea, la cual se ha convertido en mi principal alimento espiritual. Estoy en ello desde hace ya treinta años, feliz de servir al Creador en lo que puedo, pese a mis muchos defectos que con su inspiración intento pulir.


Cuando hablo con mi padre de este tema, ahora que ya han pasado tantos años, el me continua expresando su terror, pero en el fondo sé que me entiende y le llena de orgullo mi decisión aunque no la exprese verbalmente.


La Torá, Cordovero, Luria, Cohem de Herrera, Jose Gikatilla, Luzzato, Najman de Breslov, Kaplam, Moseh Idel y tantos grandes e iluminados hombres han sido mis consejeros en forma de tinta y amor. Mario Sanz, Mario Saban, Rabí Moises,mis amados maestros encarnados (A TODOS MI ADMIRACION Y PROFUNDO RESPETO), yo no quiero, ni vivo con miedo por ser judía, lo descubrí tarde ¿pero existe tiempo para encontrarse con Él?


Estoy muy feliz con mis raíces, he viajado varias veces a Israel y siempre me late fuerte el corazón, cuando el avión aterriza, siempre es como si fuese la primera vez y por otro lado como si llegara a casa después del exilio, es algo muy extraño. Cumplir cada año con el mandamiento de “Contar el Omer” se convierte en la época más feliz del año. No he perdido amigos por ser judía, tengo amigos de diferentes cultos, incluso he vivido en varios monasterios budistas. Solo les pido a mis amigos que procuren ser seres de paz y miren siempre a lo Más Alto.


Yo, por mi parte, intento limpiar cada día ese jardín que es mi vida, y para que no se le hagan malas hierbas intento ayudar a los demás hasta dónde puedo y hasta donde sé.


Por lo demás y a modo de epilogo decir una vez más “soy judía y feliz por ello, no lo soy por tradición sino por decisión”.

Bendiciones y todo lo mejor a mis hermanos repartidos por todo el mundo.


CLARA


 


 

He creado esta asociación a la que he llamado "Pórticos de Luz" como el inconmensurable libro escrito por Joseph Gikatilla, en la última parte del siglo XIII, para que los criptojudíos podamos reunirnos, así como cambiar impresiones, meditar, estudiar y profundizar en nuestras raíces.

La asociación además impartirá cursos de diferentes espiritualidades, pues no es cierto que estemos cerrados a otras ideas, pues allí donde existe espiritualidad, crecimiento, poner esfuerzo en ayudar, es decir, servicio, allí queremos estar.


Algunos de los colaboradores de la asociación también procesan diferentes credos y así serán las materias que impartirán.


Pero sobre todo, desde la asociación, es nuestro propósito hacer un llamamiento a todas aquellas personas que se sientan solas o que estén pasando por un momento de angustia o tristeza, pues todos somos eslabones de una misma cadena.


Únete a nosotros para que la cadena sea más larga, y si uno de sus eslabones está débil, entre todos le ayudaremos a fortalecerse de nuevo, pues todos queramos reconocerlo o no, hemos venido a dar la mano, a ayudar. Como dice un antiguo adagio: "Sólo reina el que sirve a los demás". O como dice la frase de autoayuda: "El amor que no das es el dolor que sientes".



Hasta pronto,
Clara Badalona
Presidente de "Pórticos de Luz"